El sabor de las abejas

Oscuro.

Silencio ensordecedor.

Confusión.

Caos.

Luego, abrí los ojos, y una nube cegó mi visión, por instinto los cerré nuevamente y sentí como una caricia pasaba por mi rostro, pero no era nada suave, ¿puede acaso una caricia ser fuerte? no lo sé, parece que sí. Al instante entendí qué pasaba. Un enjambre de abejas era aquella nube que me había cegado. Miles, millones, miles de millones de aquellas pequeñas criaturas volaban a mi alrededor y entraban por cada parte de mi cuerpo: oídos, nariz, boca. Pero no me hacían daño, solo las sentía allí  volando a mi alrededor, intenté gritar pero tenía la boca llena de ellas.

Asfixia.

Miedo.

Final.

Un minuto después se habían ido, era como si con mi pensamiento las hubiera eliminado. Con el simple hecho de desear que se fueran, desaparecieron.

Confusión.

Confusión.

Malos presentimientos.

Un segundo después, desperté.

 

 

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¿Cuántos gatos vas tú?

Gracias a la genética, la extrema delgadez de José lo hacía transmitir un aire de enfermedad a pesar de que gozaba de perfectas condiciones de salud. Tenía bajo los ojos unos profundos agujeros negros, no precisamente a causa del insomnio, así es, la genética atacando de nuevo. Pero no es el aspecto físico lo inquietante de este personaje, José era un hombre solitario, no solitario de pocos amigos, en verdad no tenía ni uno solo. ¿Familia? Ya hace 11 años que no sabía nada de ellos, desde la muerte de su madre se fue de casa y perdió toda comunicación. A los 30 años José seguía trabajando en la misma empresa de mensajería, veía pasar los días recorriendo la ciudad en su bicicleta. Se podía decir que era feliz. O eso intentaba. Vivía cómodamente en un pequeño apartamento, nada lujoso, nada extravagante, simplemente con lo necesario para sobrevivir, salvo por un pequeño detalle. Su gato. Hace algún tiempo que había aparecido en la puerta de su hogar, al principio lo ignoró, pero al ver que todos los días estaba por allí paseándose no le quedó más remedio que adoptarlo, lo llamó Gris. Todo parecía muy normal, Gris era muy quieto, podía recostarse en el sofá y quedarse ahí el día entero, en las noches la rutina de José consistía en llegar, comer algo, consentir a Gris y luego acostarse a dormir. Así fue pasando el tiempo, para distraerse, José inventaba historias en las cuales Gris era protagonista, a veces hasta le inventaba una voz y charlaba con él. Era su único amigo.

Una noche todo cambió, la luna parecía alumbrar más de lo normal, para José esto pasó desapercibido hasta que llegó a casa y encontró que su querido amigo estaba saltando de un lado para el otro y ya había acabado con el cobertor de su sofá. No entendía que estaba pasando, el jamás se comportaba así, toda la noche Gris estuvo corriendo de un lado para el otro, en un momento incluso intentó saltar por la ventana pero José logró impedirlo. Cerró la puerta de su habitación y dejó que su pequeño amigo siguiera en su locura.

A la mañana siguiente, Gris estaba recostado en el comedor, era algo extraño dado que su lugar favorito era el sofá. José no había dormido en toda la noche, había estado pensando que era lo que sucedía. Sabía muy bien que los gatos tenían 7 vidas, por lo que llegó a una brillante conclusión: Gris había cambiado de vida. Ya no tenía 7 sino 6. Y por esto tomo una determinación: él también debía cambiar de vida. Ese día no fue a trabajar, estaba convencido de que ya no era el mismo José, ¿cómo iniciar una nueva vida? ¿Debía volver a llamar a sus familiares? Esa definitivamente no era una opción, la familia que conocía era del antiguo José, no podía ser la misma. Estaba en completa libertad, podía escoger la vida que él quisiera, tal vez ser constructor, chef, o incluso el astronauta que siempre soñó ser de niño.

Después de mucho pensarlo, José decidió que iba a ser pintor. Salió a la calle a comprar sus implementos de trabajo: lienzo, pinceles, pintura, todo lo necesario. Al llegar a casa acomodó el lugar, lo dispuso para empezar a trabajar, dio unos brochazos, miraba su cuadro y no sabía bien que era lo que estaba pintando pero aun así seguía haciéndolo. “Así se debe sentir la inspiración” pensó. Recordó que en su antigua vida esa palabra jamás apareció, nunca había sido tan feliz. Ese día pinto infinitos cuadros de infinitos colores. Su objetivo era claro, al día siguiente iba a ofrecer sus pinturas a todo el que pudiera. Tomó un par de fotografías y fue en busca de oportunidades en distintas galerías. Ninguna lo aceptó. ¿Quién era él? ¿De dónde había aparecido de pronto este nuevo artista? Nadie lo conocía.

El tiempo pasaba y nadie parecía valorar el trabajo de José, empezaban a acabarse sus esperanzas, ¿acaso se había equivocado en esta nueva vida? ¿Qué se supone que debía hacer ahora? Los días iban transcurriendo y ninguna noticia buena se recibía. Optó por cambiar de estilo, tal vez el problema eran los cuadros que había pintado, decidió pintar otros más. Por otra parte, Gris también había cambiado de actitud, ahora era mucho más activo, ya no le prestaban la misma atención de antes, José estaba tan concentrado en su arte que dejó de lado a su pequeño amigo. Él debía buscar su atención, y por estar en esa tarea no le importó pasearse por encima de los cuadros de José, los había arruinado. O eso parecía a primera vista, pero después de un rato observándolos, José se dio cuenta de que no se veían nada mal. Nuevamente tomó fotografías y emprendió su nueva búsqueda sin obtener mucho éxito.

Su paciencia empezaba a colmarse, el dinero que tenía ahorrado estaba a punto de acabarse, ya no sabía qué hacer. Un día, su teléfono sonó. Querían que su trabajo fuera expuesto en una galería a las afueras de la ciudad, una exposición de talentos nuevos abría paso a grandes oportunidades para José, el aceptó. Al llegar al lugar se encontró con mucha gente, críticos de arte de todas partes se encontraban allí. Logró vender varios de sus cuadros, todo parecía por fin marchar bien, personas se acercaban a saludar a José, a felicitarlo por su trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, José volvió a sentirse querido. Recordó aquellos tiempos cuando su madre le leía cuentos hasta quedar dormido, para él, ella era el amor. Ese amor que ya no estaba en su vida.

Se sintió feliz, realizado, no se había equivocado en su decisión, había sido un camino duro pero sus resultados estaban valiendo la pena. Una noche al salir de la exposición, José se dirigía a casa, al llegar, encontró la misma escena de unos meses atrás. Gris había enloquecido. Un profundo dolor invadió el cuerpo de José. Era el momento de cambiar de vida.